Como sentir la punción de la vajilla
atravesándome la carne
indecentemente viva.
Así era.
Carne de ti, voz con quien comparto
historias que atesoro no sé cómo,
imágenes de los placeres potentes
de la nostalgia
del sexo
de la música.
Y no termina jamás este paisaje:
este bucle de reverberaciones neurales
como una intertextualidad infinita.
Eres tú quien dilata todo esto (yo incluida)
tú-sin-signo, presencia orgánica
con quien he follado tantas veces
en países diferentes.
Ahora me preguntas algo irrelevante
entrevelando el caramelo de tu lengua.
Como si no nos conociéramos.
Será mi sistema neuroendocrinoinmune,
será la nieve que invita a desnudarse,
será el traqueteo obsceno
lo que me impele
a pedirte cualquier otra cosa cada vez que abres la puerta.
- ¿Desea un café?
- Deseo un chute de glucosa
preferentemente intralabial
si no te importa.
Y, a ser posible,
antes de que morir de amor
deje de ser propio de mi edad.
Gracias.